10 de junio de 2010

Diagnóstico Equivocado

La ciudad de Barcelona había cambiado aquel día, hacía frio y mis ojos estaban empañados de un extraño estupor que me hacía ver el mundo en otra dimensión.

Me duché, pensando que quizás el agua evaporaría la gran nube negra que azotaba mi cabeza con la idea de una primera cita con una mujer.
Mi barriga estaba enferma de sus ojos grandes de color marrón, de su pelo larguisimo color castaño, de su boca de cereza...

El trayecto en el autobús fue una tortura, me sentía asustada con la idea de que pudiera cogerme de la mano por la calle o mucho peor, besarme en público.

Baje unas paradas antes, a tomarme unas tilas, digo unas porque me tome tres, comí dos donuts pequeñitos de esos con mucho azúcar por encima, así seguro que no me bajaba la tensión al verla, me comí mi ansiedad y me la fume repartida en ocho cigarros, en un tiempo record de 45 minutos.

Retomé mi viaje en autbús, parecía como si me hubiera salido del tipico camino que recorren las ovejas dia tras dia en su pasto para lanzarme en una autopista donde debes correr y esquivar conductores gritones para no ser atropellada.

De repente mi parada, mis piernas tiemblan como nunca escondidas tras el bajo de mi gabardina, menos mal nadie lo puede ver, parece un baile sin música, camino por el pasillo del autobús, cuento con mis manos todos y cada y uno de los asientos que me quedan hasta llegar a la puerta, al llegar doy toquecitos al suelo con mi pie y pienso a ver si se abre la maldita puerta y al fin una ráfaga de aire sacude mi pelo, bajo de un saltito y allí está presente la Universidad de Barcelona que hoy asiste a clase con su presencia impetuosa.

Miro mi reloj que a partir de ahora decide ir muy lento, los minutos nunca llegan a la hora que hemos quedado, me siento en un banquito y me fumo un cigarro, me levanto, doy vueltas en circulo esperando, miro a todas partes ansiosa hasta que me doy cuenta que parezco un poco paranoica, vuelvo a sentarme y vuelvo a fumar encogiendo mis piernas hacia arriba, no estoy demasiado cómoda.

Entonces la veo a lo lejos, su olor a cereza empieza a colarse por todos los poros de mi piel, se acerca y sonríe, es valiente por sonreir, yo ni eso puedo hacer, lleva el pelo suelto como le pedí... mientras la distancia se acorta entre las dos, mis nervios aumentan a la velocidad de la luz que la envuelve, sus pasos guiados por mi ansia ralentizan su imagen a mi retina, algo dentro de mi quiere retroceder, se pregunta que hace aquí, tengo ganas de salir corriendo en dirección contraria y mientras la imagen de desaparecer de la tierra tras el cartel que siento colgado en mi frente de "lesbiana" se esfuma, ...

Ella se planta delante de mi con un hola seco y tímido clavando sus ojos en la comisura de mis labios y siguiendo la trayectoria de su mirada coge mi mano histérica ya y me besa la mejilla dulcemente, mi peor pesadilla ha sido maravillosa.

Todo un mundo de colores ha despertado a mi alrededor, los colores de esta ciudad vuelven a ser brillantes, ha parado el frío, todo está templado.

Caminamos rozando mano con mano que cuelgan de los brazos queriendo cogerse pero lo único que encuentran es una conversación gancho sin sentido que nos lleva hasta el paso de zebra donde a punto de cruzar la calle mi cuerpo ha dicho basta escupiendo todo en el primer árbol que ha encontrado , mis miedos y los donuts galseados servirán de abono para este árbol de la Plaza Universidad.

Un mierda tambien sale de mi boca, todos me miran exaltados y ella, que importante es ella, que guapa es ella, me agunta la frente, me acaricia el pelo, me tranquiliza mientras mi cuerpo no para de devolver todo el pánico.

No pudo parar de llorar de la verguenza y ella me dice que pare de llorar tocando mis mejillas con sus manos.

Ni siquiera tengo un cepillo de dientes para lavarme la boca, que voy a hacer si me besa.

Me ofrece un chicle de menta, entramos en un bar y nos sentamos.

Sentadas ya, escondo mi cabeza entre mis brazos, me siento un poco en plan avestruz.

Ni una manzanilla quiero, solo sus labios de cereza.

Ella está escribiendome una carta supongo que para aliviar el mal trago que estoy pasando, intento estar entera pero esta situación me supera y al final quiero irme, escapar de esta realidad para vivir de nuevo en la mentira y volver con cualquier chico que se me presente, que me parezca majo y tal.

Me subo en un taxi medio moribunda, su carta está en mi bolsillo.

Al llegar a casa mi madre se ha asustado y me ha mandado a la cama directamente, su diagnóstico: comes muchas porquerías, el mío: me gustan las mujeres.