18 de marzo de 2010

ENSAYO SOBRE LA NIEVE

Y nevaba como nunca había visto antes, las gotas de lluvia se congelaron dejando la ciudad blanca, un manto de olvido forzado que cubría de tristeza mi alma.

La gente con prisa seguía los caminos de pisadas que miles de individuos debían haber dejado horas antes; paraguas, gorros, chaquetas, bolsas de plástico… tapando los cuerpos agarrotados por las bajas temperaturas, nevando en un mes de marzo, alguna locura del cosmos, el mundo del revés y sin estar preparados para ello.

Horas sin autobuses, sin taxis, parada repleta de estatuas vestidas, de murmullo de ciudad, algo parecida a una catástrofe urbana.

Volví a casa con ganas de llorar, con los pies empapados.

Mi casa no tenía luz, cenamos a la luz de las velas, entre la oscuridad de aquella noche podía entrever el bocadillo de tortilla que mi madre había preparado casi a ciegas, en frente de mí mi padre jugando con una mini linterna de luz azul mezclada con una imagen distorsionada por la llama de la vela, él comía también tortilla.

Sin ordenador, sin televisión, solo con las palabras que podíamos decir, nada más un estado puro de familia, algo que ya se ha perdido gracias a la evolución.

Incluso algo tan cotidiano, fácil y gratis como reír con tus padres es algo muy difícil hoy en día, pensando solo en el trajín diario, los sentimientos, las rabias contenidas por las desgracias diarias con las que la vida nos acecha cada día y con las que tenemos que deliberar minuto a minuto para poder sobrevivir a un mundo escéptico que espera vengarse de nosotros.

Nos preguntamos que fue de las tardes viendo películas con tu familia, que fue de aquellos momentos en que nos íbamos todos juntos a pasear, a la playa, a comer, hacer vida en conjunto.

El respeto por las preferencias modernas de los hijos, la comunicación entre padres e hijos; la relación de nunca acabar.

Cuando uno nace tus padres están ahí, han vivido sin ti las aventuras de la vida, han disfrutado y sacrificado su vida para dártela a ti, en cambio cuando tu vienes al mundo, las facilidades son muchas y todas hasta que te puedes valer por ti mismo, y no solemos agradecer por norma general el don que nos dan al poder vivir, es difícil dar las gracias, pedir perdón, dar un abrazo, decir te quiero o simplemente hacer algo por ellos.

Los tiempos actuales, las nevadas, las lluvias, días en que parece que el mundo se vuelve loco es cuando nos paramos a pensar en cosas así, nos hacen falta las malas experiencias para darnos cuenta de todas las cosas que realmente valen la pena y porque luchar sin en realidad todos acabamos igual, la clave de vivir.

Obligados con gusto a vivir, a ser libres, a querer de todas las formas y tamaños posibles, a ser nosotros sin dudarlo.

Camino por las calles de esta ciudad con paso ligero, con una música suave pienso que no valgo tanto como creo, o quizás si, es como un termómetro que sube y baja, por momentos nieva en mi corazón y por segundos hace un día estupendo.

Mi vida interior, mis sentimientos, mis dudas, mi fuerza y mi debilidad, que me acompañan a diario, sin poder compartirlo con nadie, dibujando una sonrisa en mi cara aguantando el tipo a todas esas cosas que aún pareciendo tan lógicas y normales me aturden en las más profunda de las incomprensiones.

Siendo de palabra tan escueta pero directa, sin ningún tipo de traba cuando se que gano la partida verbalmente.

Una mirada de complicidad con aquella persona que te conoce tanto que da miedo, sin posibilidad de mentirle, ni de disimular cuando estas mal, de reír y llorar, peor o mejor, o recibir esa llamada o esa pregunta en el momento exacto que te hace desbocarte en llanto o en risa si cabe.

Hablar sin decir palabra, sonreír sin hacer ningún chiste, llorar sin balbuceos previos, actuar solo con una mirada, o gritar en lo alto de una montaña secretos inconfesables para el resto del mundo y luego ponerte la chaqueta, deshacer todo el camino que has hecho cuesta arriba y volver a la ciudad nevada, en tu realidad más próxima, caminar contigo mismo hacía tu casa pensando en todas la cosas que puedes hacer por los demás y no haces, porque el egoísmo es tan barato que lo compramos sin pensarlo en el primer mercadillo de ego que encontramos en las calles blancas de un planeta mentiroso y manipulador que conspira en hacernos más difícil el disfrutar del día a día.

Por suerte hay personas que te allanan el camino y hay otras que te ponen barreras, y es que sin miedo ni baches no puedes llevarte de rebajas momentos de felicidad que nunca se olvidan, es sólo cuestión de mirar de otra manera, llenarse de ilusión y ganas de vivir.

Y en este lindel de un metro y medio de nieve, están aquellos seres que se pierden por el camino y encuentran otro sitio mejor para vivir, sin sufrimientos ni angustias, y que nos dejan un vacío inmenso que con el paso del tiempo llenamos con el recuerdo y alguna lágrima de emoción al remover el hielo del suelo y ver la imagen de aquello que un día fue diferente y que ahora no está.

Es tan difícil lidiar con el dolor, restringir el propio acceso a aquellas secciones de nuestro almacenaje personal, conversar con nosotros mismos, conocernos y querer cambiar lo que no nos hace bien, y nos conformamos en estar mal, en criticar, en consumir nuestra vida sin cesar.

Solo nosotros somos capaces de cambiar todo esto, de convertir un día frío en un estupendo paisaje verde y soleado, en una mano tenemos todo el poder que necesitamos para darle un portazo al destino cuando se porta mal y no quiere comerse la verdura para cenar.